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¡Qué Dios te lo pague!



Ana María prestó un sol y al día siguiente el cielo se lo devolvió con intereses. Dijo que fue un día bueno, que “las cosas” no podían ser mejores y que el azul de su sonrisa y los saltitos en el suelo. Dos chinches amarillos adornaban sus zapatos escolares y las mediecillas azules rozaban el borde de los tobillos, espías imperfectos de una moral arcaica. Dijo, entre otras “cosas”, que su casa quemada y que el bicho raro, dijo también que un ángel se le apareció y desapareció mientras parpadeaba; según ella, era pelado y conservaba viejas cicatrices en el antebrazo, portaba un viejo violín y bostezaba ilógicamente. Anita era pequeña y casi muda, por lo que decía; despertaba intereses oscuros en los claros más grises, y su virtual inocencia contrastaba pícaramente con su grande mirada.

Regresó de la escuela harta de las “cosas” que la fastidiaban, meneando su falda escocesa. Distraída porque dijo que fue un día bueno y tal vez no lo fue, pero qué lo era… con tal, las “cosas” no podían ser mejores. Y es que, habiendo perdido toda esperanza, nada puede ser mejor. “La esperanza es consuelo de mediocres” oyó decir. Consejo equivocado. Regresó a casa convencida de su buena suerte, despeinada y sonriente; regresó y salió apenas hubo comido.

Un par de mendigos la acosaron. Fue curioso porque la conocían de toda la vida, nunca débil, no tenía tiempo para esas “cosas”. La rodearon risiblemente; ella, contenta, sonreía porque nada podía ser mejor. La muchacha, perpleja, pudo verse intimidada por el par de cómicos monetarios que se acercaban, mas su valentía procaz y la voluntad de hierro que presumía (entre otras “cosas”) la invitaron a negociar. Cinco, no, tres, uno, listo. Una ficha, un mango, una luca, un nuevo sol, una “cosa”. El precio de la no prostitución de sus desventajas fue fijado una tarde de otoño, casi a las tres de la tarde, el pago siendo testigo fiel desde arriba. Claro, fue un préstamo.

“Cosas”, podría hasta ser una revista de todo lo innombrable, lo que tiene que ser una cosa porque nada más entra en el vocabulario. No es que no sepa nombrarla, sino que hacerlo es admitir una derrota; entonces, entre otras “cosas”, puede seguir viviendo, porque nada puede ir mejor.

La deuda fue pagada, presa del conformismo, porque la muchacha de ojos carmesí oscuro y pálido (pardo) no se lo planteó. Dulce y veloz se alejó profundamente de su inherente cosedad, la maldición de su sonrisa. Descubrió que todo puede ser mejor, siempre y cuando esas “cosas” se llamen por su nombre. Reconoció en su uniforme desordenado, en la pulcra blusa y sus amplios tirantes su complejidad si fueran meras “cosas de la vida”, ambivalencias gramaticales de un estado de sitio.

Al día siguiente todo seguiría igual, excepto por aquello que no entra en la lista. Ana María, un personaje incómodo, temerosa de nadar por esos ríos metafísicos, pero navegándolos de todos modos: una aprendiza de Maga. Una muchacha rodeada por mariposas amarillas, divorciada de Babilonia. Una diosa troyana, reclamada (como prisionera) por su propia riqueza. Un cronopio que no es cronopio que es fama, pero no es fama, pero bien podría ser esperanza.

Por ahí se completa el nadir, la traducción del temor en hospicio. La locura de un rostro feliz, la gracia de saberse cuerdo. El sol la hace sonreír, tal vez porque le pagó o limó asperezas con el destino, quién sabe.  Al final, el sabor de su barquillo metafísico se define por el agua que no probó… porque la esperanza, niña, no está en el cielo.

Otra Guirnalda



Realmente fueron tantas veces, que podría desmenuzarla sin perder su esencia. Primero su voz, dividiéndola en pedacitos por cada una, mejorándola un poco, limpiando los ecos sordos como para teñir mejor los matices que proponía; coger cada parte y colgarla en cada habitación, en cada uno de los escenarios en los que, algunas veces, fue protagonista: nunca dos veces y siempre más de una. Aquellos sonidos, tan perspicaces, hacían pensar a cualquiera, tal vez por lo extraño o lo morboso, pero siempre se terminaba hablando del habla, vociferando, cuchicheando y desgarrando entre dientes el mínimo timbre que escondía sus inocentes propósitos, cada éxtasis oral que se suponía eterno por su continuidad y fugaz por su inestabilidad. Imagínese todo aquello, y realmente fueron tantas veces, tal vez las que estuvo viva o muerta, pero siempre terminando, como un viaje: bello, ajeno, nuevo y nostálgico (sin respetar algún orden lógico). Lo común siempre era el final, y su voz dibujaba el cenit de una existencia (y fueron tantas voces).

Lo segundo fueron los ojos, el acecho invisible. Una vez, sólo una, llegué a verlos, porque cada vez que los vi luego era exactamente igual, como si esa mirada me persiguiera o peor, me perteneciera. Figúrese que se encuentra en una casa, blanca como la nieve y oscura como la misma, decorada con macetas infértiles y flores enterradas, un solo cuadro por habitación y un cuadro por cada mirada. Es un sesgo hacia tu razón, en algunas estás solo, en otras también. Y siempre hay alguien. Realmente fueron tantas veces como las veces que se posaron en alguien, en algo que se movía, e incluso en los quietecillos, siempre mudando y mutando y una a la vez para siempre. Sus ojos viajaron como sus voces omnipresentes, pero exclusivas a su tempestad. Hubo días en que parpadeó, casi tambaleándose la casa por la estampida monumental de sus prisioneros y aparecía un ídolo, con tantos ojos como lenguas dispuesto a capturarlos y reproducirlos para no olvidarlos jamás. Hubo días como esos, en los que el riesgo centelleaba como las lágrimas que lograba fingir. Fueron muchas veces, en realidad, porque cuando los cerraba ocurría al mismo tiempo, ahogándose junto a sus gemidos.

Y fueron aun más veces las que pude olvidarla; sin embargo, siempre era diferente… y eso la hacía igual, induciéndome en su trampa, como un payaso cuya enfermedad es la risa y, lamentablemente, contagia. Lo tercero es lo último que recuerdo, y no sé por qué. Lo tercero fueron sus manos, suaves, delicadas y tozudas. Independientes, sin lugar a dudas, pues solían escapar a la vigilancia de su vista y a las órdenes de su boca, pero temerosas de todo. Estupor creyeron dibujarle a cada una con sus dedos y tinta roja, como témpera; y por ello era la artista, la pitonisa mágica que presentía con su tacto los desmanes propios que acaso todos pudieron ver, pero nadie predecir, y eran como señales, tan tontas y oblicuas como los idiotas que se paraban a verlas, colgando en cada habitación del museo en que se había convertido tras algún tiempo de paz. Camaleónica como ninguna se disfrazaba con sus dedos, sin dejar huella, al compás inerme de sus falencias musicales y de su canto de sirena.

La cuarta me la contaron después, o eso quiero creer, porque definitivamente no la hospeda mi memoria. Confieso que heme perdido en una tinta dactilar posterior al silbido de culebra que arrulló mi oído derecho: “Sé a ti”; sin preguntar cómo lo asimilé, viéndome convertido en material para pintores y en esencia pura, en un barítono para la soprano, y en un vistazo lascivo para la nueva celda que albergaría su última obra. Traté de no pensar porque sin duda me oiría, ella que todo lo puede, y desertaría cual animal despavorido al sentirme invadido, cuando realmente le pertenecía desde el momento en que la temí. Por tanto o más, en aquella casa centinela a la caza de sus centinelas, ascendí enervado al reino celestial de sus entrañas. Dulce y dulce: mi pensamiento y su voz.

La cuarta, retomando el relato, me la contó un nuevo compañero (porque mi premio excluía a la soledad). En el suelo, desparasitando sus pecados, inhaló la mala suerte de no saber qué hacía: revolcándose y lenta, absorta, compaginaba sus espasmos fronterizos con el exilio de una, sino muchas vidas. Y nadie le hizo caso, porque realmente fueron tantas veces que sencillamente reían y cantaban y bailaban junto al espectáculo, sin mirarlo ya sea por temor o respeto, ignorando sabiamente lo que pudo haber sido su ternura exfoliante y su redención absoluta. A nadie parecía importarle, mientras ella olfateaba raudamente como queriendo inspeccionar a cada uno al despedirse, y descendía conforme reconocía todo, conforme se daba cuenta que todo lo sabía y que ésa sería sólo una más, que tendría suficientes reemplazos, suficientes habitaciones. Feliz porque pintaría todo de nuevo… una vez más.

El Tambor Elefante (parte seis)


Abandoné el cuartucho tras dos días de ensayo, barriendo el camastro con la mirada y recordando las esquirlas que aún tenía impregnadas en el cuerpo. Me fui aun cuando no lo dejaba, mirándolo por la ventana; las botellas vacías ahora convertidas en candelabros por obra y gracia del viejo portero y la tacha de metal que cubría desafiante el interruptor de la luz. Lo quería dejar y permanecí observando por algunos o varios minutos, de lejos ahora, acompañado por la melodía trágica producto de la encarnizada batalla que se estaría librando a unos metros por encima de mí. Di unos pasos y me despedí tristemente de la gata, que me veía a las faldas del cerro donde luchaban unos dos caracteres por el tiempo acordado. Agazapado y melancólico conté mis pisadas, conté las seis noches insomnes que me habían atrapado y salí de la vieja quinta, con la mano izquierda en el bolsillo y la derecha sujetando el estuche de mi instrumento. Volteé por última vez para encontrarme con el anciano esbozando un conato de sonrisa, la minina abordando su antigua esquina en mi habitáculo, la oscuridad esclareciendo milagrosamente el mismo y la sinfonía de gemidos perdiéndose entre respiraciones fingidamente agitadas.

Cuando me arrepentí era ya demasiado tarde, me creí perdido entre una maraña de calles y avenidas ciertamente desconocidas para mi yo actual. Turista sacrílego en tierra de nadie, caminé dando vueltas entre los edificios grises que a veces confundía con mis legañas y los retazos de animales muertos que protegían mi mente. Antes de notarlo ya estaba ahí: un pequeño tambor elefante me seguía meneando su trompa y proponiéndome aventuras estrafalarias al compás de un suave ritmo occidental. Supuse conocerlo y hasta quererlo cuando lo vi, andaba ya demasiado cansado como para contradecir a mi cerebro, el cerumen carcomía mis oídos, pero de alguna manera lograba comunicarme con él: ininteligiblemente me dijo que sólo faltaba una, que con siete noches moriría y que sólo faltaba una. Lo repitió a trompazos y escopetazos de redobles y un batido de percusiones selváticas; yo avanzaba y trataba de olvidarlo, sin pensar pensaba en que pensar se había vuelto algo confuso, aún pensativo me seguía y yo giraba y viraba para perderlo, pero ahí seguía, chillando y proclamando felizmente mi destino. Más cansancio. Mi guerra interna era, hasta cierto punto, comparable con la de mi amiga meretriz, tal vez por ello le guardaba tanto cariño, fuera de nuestros encuentros casuales, tan divinamente planificados, y de las escaramuzas del viejo por mantenernos despiertos. Tal vez todo sea solo un tal vez. Nada y por nada y para nada certero era absolutamente nada… porque tal vez nada de esto era cierto.

Llegué a una vieja e iluminada plaza, fechoría demoníaca aquella luz, dedicada a algún héroe hipócrita de antaño. Paseé por la muralla, en honor de una pared con tiros; la estatua del equino, en honor a un animal esclavizado; a través del revolver maltrecho, en honor a una inversión mal hecha; y por un guerrero en pie, en honor de un cobarde que perdió un conflicto y un ojo. La crucé casi sin ver, pero observando todo, y me posé ante la gran escalinata de piedra que recibía a los feligreses cada domingo al ocaso, corría la noche tardía y subí escuchando los continuos golpes que suponían las tejas castigadas por el sereno agresivo y el gracioso triquitrac que susurraba el tambor elefante atrás mío. Seguí escalando casi hasta conseguir el premio bíblico, casi tocando la reja dorada sin poder entrar junto a mi nueva mascota, subí tan agotado que paré en el último peldaño, sentándome decididamente a esperar. Dos minutos. El tambor elefante, inocente oráculo maldito, cayó presa del desconcierto agonizante de mi avezado accionar: salté sin cavilar hacia él, dispuesto a salvarlo de una muerte segura, sino un accidente descomunal, y una teja roja como mi bullente sangre y mi vista inflamada reventó a no muchos centímetros de nosotros. Sentí su trompa enrollarse contra mi cuello, creí desfallecer cuando noté que me acariciaba, me suturaba los hechizos mentales, me dirigía la mano hacia el bolsillo…

La encontré por enésima vez, a la pastilla. La tragué pesimista, desapareciendo el tambor elefante, y mi pesadumbre se tornó en rosa, como la vida y la canción. Comencé a sonreír sin motivo, me levanté enérgicamente pensando, por fin, en que todo iba a estar bien y que ya nada importaba sino mi maletín abandonado bajo la teja derruida. Comprobé la salud de mi trompeta y corrí hacia el bar más cercano, desinteresado de la vida y del camaleón que resulté ser aquella noche. Mis músculos se retraían automáticamente, mi rostro defecaba esperanza y, a pesar de todo, camuflada la tristeza y cantando y ensayando el curioso tema de Satchmo, en el fondo de mi alma, cercana a las tinieblas, lo sabía… el tambor elefante tenía razón: sólo faltaba una.

El Tambor Elefante (parte cinco)



- ¡Dámela!
- Espera...
- Ya sabes cuál es el precio, tú decides muchacho.

Esperé a que terminaran de esperarme en el sillón rojo de la pequeña sala en que me encontraba. No sabía qué hacer, todo era una trampa… no hay otra salida: es ahora o nunca. Corregí mis pensamientos en silencio, como aguardando algún milagro; sin embargo, nada sucedió. Pasé a la habitación. “Aquí la tienes”, dije, esbozando la mejor de mis sonrisas.

“El Guardián se fue”, pensaría siempre. Ahora vamos a dormir. Llegué a una quinta antigua con un par de edificios pequeños en su interior, entré tropezando con las baldosas indefinidas que fungían de portero y logré atravesarlas esforzándome un poco. La puerta maciza de cedro se presentaba enorme ante mí, flaco y desgarbado, luciendo mi uniforme de pobretón en mi rostro; larga y ancha se mostraba la tabla vertical que expedía astillas conforme el primer toc se alejaba de ahí, seguí viendo el diseño marmoleado, las grietas espantosas que simulaban sus cojones. Toc por segunda vez; y sonó el resquicio, las rayas temblaron y la puerta se abrió.

Un señor enjuto salió a saludarme, no hizo más. Me señaló con un dedo el otro edificio y se encogió en su guarida. La única habitación que parecía abierta me recibió como a un hermano, no había mucho: un catre duro adornado por una pintura extraña a sus pies, un baño lúgubre con un travieso espejo circular y un pequeño bar que, por las botellas vacías y el color de sus restos, fácilmente engañaría a un alquimista. Sentado y optimista me empecé a desnudar. El agua helada recorrió mi cuerpo, lo cual sentía como un castigo, y me susurraba que todo acababa de comenzar; relajante, el agua chorreaba por mis músculos, bostezando el aroma nocturno que sienten los cuervos al despegar. Relajante el agua, menos yo. Me sentí azotado y acariciado mientras me golpeaban con más fuerza, una lucha temperada surgía en mi interior y el frío consumía lo poco que me quedaba de muerto. Tiritando, salí de ahí. Pronto descubrí que me había quitado el sueño, me arropé con una bata vieja que encontré y me tiré en la cama.

Solo, esa era la respuesta. Estaba absolutamente solo, pero no debajo de un puente, pero abandonando a mi gata, pero sin un ventarrón con el que pelee, pero sin la acústica del río, pero con un catre en qué dormir… solo, sin embargo. La noche se me resbaló durante las primeras dos horas, contando las telarañas del techo, las hormigas de la cabecera, las rajas de la mesita de noche, las gotas en las paredes de las botellas vacías y los corchos rotos que había en el suelo. “I see trees or green, red roses too… I see them bloom…” mientras sacaba la trompeta de su estuche, “for me and you”, ¿and you? Ya no existe un “you”, estoy solo, acababa de entenderlo. “And I think to myself…”, exacto, a nadie más… “What a wonderful world”, empieza a cantar el viento, yo pensando: estoy vivo.

Un golpe seco despegó los últimos retazos de polvo que conservaba mi techo. Salí tosiendo y en bata, la intemperie siempre fue gélida, pero estaba acostumbrado y el agua era más vil. Subí las escaleras metálicas escuchando a cada paso el maldecir de sus baches y el crujir de sus vertientes. Otra puerta abierta… una luz encendida. Una mujer me recibió desnuda, era blanca, pálida es decir poco, y esparcía sus feromonas por el suelo conforme se acercaba hacia mí. Era tarde, estaba adentro… la puerta se cerró y, sin querer, estaba echando cerrojo; y, sin querer, me estaba quitando la bata; y, sin querer, encontrando en un rincón a mi mascota asustada y frente a mí a su clásica antagonista, supe que no podría dormir.

El Tambor Elefante (parte cuatro)


“La luz no hace bulla” me decía casi cantándome, arrullándome mientras besaba mi mejilla derecha. Mi madre era adicta al temor… no sé si sobreviví al embarazo.

Sin querer la toqué cuando metí mis manos en los bolsillos, persuadido por el frío ajeno que sucedía tras la ventana. Sin querer la toqué y pronto jugaba, pensaba en la banalidad de la vida, en que “sin querer” me había vuelto el ser más imbécil de este planeta y que siempre estaría vivo y que eso me llevaría a morir dentro de poco. Disfrutaba de la oscuridad como el manjar eximio y rarísimo en que se convertía un trozo de pan por las mañanas, casi la veneraba y hasta me comunicaba con ella: en las sombras distinguía las luces como estrellas sin brillo que, sencillamente, se dedicaban a definir mi atmósfera para no hacerme daño, prescindiendo de tonos y colores, y dotando de un carácter deceso a los objetos para tratar de sentirme identificado, intentar encontrar dentro de ese cuchitril la familia muerta que andaba buscando.

Tocaron la puerta mientras cavilaba que habían pasado tres noches desde que llegué, y me di cuenta que contaba en noches mas no en días, ¿y cuántos días habían pasado? Uno, mil… ¿tres? Sí, tres noches, no había duda, porque los hechos no mentían: desde aquel día (o noche) el sueño se desvaneció, mis días eran dobles, casi como las noches, y absurdos sin lugar a duda. El mal olor de mi vigilia constante se fusionaba con el aroma extinto de algún cadáver olvidado justo debajo de mis pies, esperando a su amante, a su media naranja insomne… y como no pudo con la puta, lo intentaría conmigo, es seguro, algo peor me espera (¿peor que qué?). Es peor, indefectiblemente peor, y justo debajo de mis pies. ¡Mira! Estoy parado. Tocaron la puerta mientras miraba el suelo, queriendo atravesarlo y descifrar de una maldita vez la verdadera razón de mi cárcel, por qué estaba preso en mi libertad y mi vida sufría convicta en el que, absolutamente convencido, sería mi lecho de muerte. ¿Dónde me enterrarían? ¿Mis ojos estarán abiertos o cerrados? Tal vez estoy hechizado, debe ser un conjuro, una pegatina invisible contra mis párpados, pero quiero poder descansar aunque sea ahí, sólo una vez. Ya no quiero. Corrí hacia el baño, cuidando específicamente cada paso: derecha, izquierda, derecha, tropezón, derecha… El lavatorio seguía limpio, con el espectro gris cubriéndolo, debía ser rosa, como la vida. No hay nada en el espejo, todo está oscuro, pero mis ojos… ¡Mis ojos! Ahí están, firmes, oscuros, derruidos, pero visiblemente abiertos. Tocaron la puerta mientras seguía despierto.

El espejo estalló junto conmigo. Ensangrentado, grité, salté, golpeé el techo llamando a la gata, me deslicé por la puerta entreabierta, paso, paso, derecha, salto, derecha, grito, derecha, caigo. Estoy jodidamente vivo… no hay opción. Me recosté en la cama, observando las pequeñas manchas negras que dibujaban mi alboroto. Qué bonito mapa… El viejo ingresó en el cuarto y prendió la luz. ¡Déjeme dormir! Grité, desgarrando mis entrañas, asustando hasta a mi propia sangre que seguía corriendo desgarbada todo mi uniforme. La mirada perdida, el verbo fuerte y el alma mustia, todas escucharon al anciano impasible: “La luz no hace bulla”, dijo, cerrando la puerta, mientras fijaba el desgano de mis ojos en la trompeta, en la prostituta esquinera que, de una forma u otra, si no hacía luz… haría bulla.

El Tambor Elefante (parte tres)


Un caballo pasó alegremente por la puerta de mi casa aquella mañana, la montura suelta parecía ajustarse por un milagro equino mientras el jinete caminaba como arrastrándose para mostrarle el camino a la bestia libre. El ingenuo animal parecía contento por su destino; arraigado y servicial, rechinaba sus dientes y levantaba el rabo luciendo el ébano de sus cerdas danzantes, reverenciando al alba. Sus crines oscuras se extendían hasta las primeras articulaciones de sus patas delanteras, viradas siempre hacia su derecha y majestuosas y lacias y bien definidas, cabellos mojados de chasqui presuroso, y colgando felices exhibían la contraparte de su musculosa envergadura. El équido se movía elegante y despacio, disfrutaba cada pequeño clac que producía el choque de sus cascos con el asfalto irregular que cubría la avenida en donde se hallaba la quinta; su pelaje marrón y su montura suelta querían saltar y expandirse y demostrar su libertad y la benevolencia del caballo. Todo él seguía a su amo cansino, con el sombrero de paja de lado y la camisa blanca abierta, como un chalán vagabundo reclutando piedrecitas para armar su casa. Todo él lo seguía, majestuoso y arrastrándose, contento y detrás del hombre, firme y con los ojos vendados.

Mis ojeras se confundían con la sombra del amanecer y la visión, indistinta del común de la gente, se me presentaba como un ángel. El chalán me miró fijamente, evaluándome con sus pequeños ojos grises y escupiendo un insulto mental azuzado con el desprecio e insatisfacción mañanera que genera llevar un caballo sin poder montarlo. Salí a la calle y me encontré con una larga procesión de animales dirigiéndose a un albergue infantil. Ni un solo auto quedaba en la calle, todos se largaban resignados y absortos en sus desgracias, todos cabizbajos y con sombreros de paja, y los animales limpios y felices por estar seguros que más tarde jugarían con unos dulces pequeños y aun más tarde estarían durmiendo entre heno y pasto en las granjas del pueblo más cercano. Los hombres, conscientes de que habían perdido todo, sólo seguían… esperando que se abra la tierra o que la carga sea demasiado pesada para avanzar, esperando que les sujeten los pies desde los dos costados y que su dulce marcha sea más lenta, tal vez un poco más injusta.

Los despedí con una mano, mi torso desnudo y bronceado simulaba un intento de sombra en la tosca avenida y mi brazo izquierdo oscilaba alto. Siempre observando, sabía que irían al matadero, que tenían deudas, que el  gobernador era sádico y que pasarían por un albergue de niños… lucían lindos sólo por la esperanza de ver el brillo en los ojos de los muchachos que imaginarían el circo más grande del mundo. De pronto se comenzó a escuchar, como todos los muertos andantes que convergen antes de confinar su suerte, la marcha fúnebre y la percusión de sus pasos, la coordinación semiarmónica que producía su sufrimiento, el tic tac de sus pisadas como quejándose ante sus dioses, aguardando el rayo maldito que sentencie su elegía. Siempre y sin querer, luchando contra la burla insomne de mi mala suerte, lanzando un adiós al caballo feliz, no había dejado de sonreír.

El Tambor Elefante (parte dos)


“Ave de mal agüero” le dicen por ser negra. Tendida sobre el asfalto matutino que recibe la puerta de mi casa, un pichón oscuro y desangrado pretendía augurar un desafío. Por las mañanas mis días son largos, después de quedar en la calle por sabia decisión de mis padres al revelarles mi afición musical me hospedé en cuanto lugar me pudo cobijar, y siempre dedicaba las primeras horas antes del mediodía al encuentro de mi hogar. Mi búsqueda meridional terminó cuando, tras tocar por milésima vez en el mismo bus de todos los días, me pasé de paradero: Satchmo me pareció siempre el perfecto músico, sus temas eran lo suficientemente bellos y comerciales, con sus canciones siempre aseguraba una buena propina y, por eso, sólo recurría a ellas en caso de emergencia. Llevaba un tiempo durmiendo en una banquita solidaria cuyo único gendarme era una pequeña gata que dormía conmigo y cuidaba mis pertenencias. El minino entendió pronto que teníamos que irnos, pasaron dos meses desde que llegué y nuevos invasores se aproximaban. La confianza nunca fue mi mayor virtud, horas enteras observando y sospechando fungieron como algo más que un sustento para mi estado de ánimo y los vecinos ingresantes no merecían mi simpatía, sobretodo porque despertaron un achaque somnoliento que definitivamente significó mi partida. Suscitaron temor y preocupación, bien fundados por supuesto, ya que luego me enteraría que aquellos desterrados eran unos enormes ladrones con casas de lujo en Chacarilla y trabajos de brujos en las calles quienes, cual político innato, disfrutaban y se adjudicaban el bien más pequeño del inhóspito y el olvidado porque sencillamente, a nadie le importan.

El bus de aquel día lucía jugoso y provocador, y la recompensa que hallé ahí fue más que gratificante. Toqué “La vie en rose” como burlándome de mí mismo y a un muchacho pareció hacerle gracia, no me dio propina, pero me entregó un papelito con dos direcciones, “En ésta puedes vivir… y en la otra puedes dormir. Tú decides” me dijo clavándome la mirada y deshaciendo mi miseria con aquellos ojos pardos que jamás olvidaría. Los dos pequeños números de tres dígitos se mostraban inocentes y tentadores en mi mano, me quedé en silencio como dos paraderos pensando en la rareza de lo común, pensando en aquel mundo tan lejano que algunos llaman oportunidad, creyendo que la aventura sucedía en otro país de otro mundo de otra dimensión de la puerta de mi casa, porque tal vez en otra realidad tendría una y sería feliz y haría el amor todas las noches con una mujer distinta encausada por su cariño contra mi almohada y camuflada en el rostro placentero de una esposa diligente, y tendría un perro que movería la cola al saludarme como escrudiñando mis bolsillos para hallar una croqueta que habría olvidado en la segunda gaveta del escritorio de la oficina de mi trabajo, y sería jefe, y jefe de los jefes de mis jefes (en la dimensión que soy empleado), y sonreiría tanto como lo harían mis hijos que escribirían cartas con crayones y cartón amarillo en las que errarían las tildes y las eses y los nombres y los crayones para desearme feliz día del padre en cualquier día menos ése y recibirlo con algarabía por el desconcierto de la sorpresa. Una mueca extraña se dibujó en mi rostro y mi fantasía fue gravemente interrumpida por el cobrador que me exigía retirarme del vehículo. Regresé a mi dimensión vagabunda y me di cuenta que el muchacho ya no estaba. Bajé y corrí para buscarlo, pero era tarde y anochecía en mi pensamiento. La mañana transcurrió soberbia, como todos los días, indiferente ante la desdicha de nuestras gentes; sin embargo, oscureció temprano en mis cavilaciones absurdas. No tenía una mísera moneda porque no pedí nada en el bus, y mi cabeza estaba cansada; atardecí ayunando y confuso, tenía miedo, pero jamás tuve algo que perder… ni aun al borde de la vida, consumiendo el riesgo cual alcohólico anónimo y preparando mis temores como cualquier borracho conocido.

Antes de caer la noche tomé una decisión: quería vivir.

El Tambor Elefante (parte uno)


Con la trompeta al hombro, los botines enterrados y el sudor en el piso, llegué a casa sonriente después de una larga faena musical. Enjuta y cabizbaja me esperaba celosa mi gata gris, que tres semanas antes había recogido de la calle después de tres semanas de darle migajas y ahora, faltando sólo tres horas para que ella me aloje en su antiguo hogar, me recibía con vergüenza de lo alegre que se ponía, como un niño enamorado. Deposité mi instrumento en la límpida esquina de la que se había adueñado y, después de intentar esterilizar mi hígado con un vaso de agua, caí en el oscuro colchón de dunlopillo transverso, siempre sonriendo, con la quijada adormecida ya del excelso uso de mi dentadura, y tracé otra línea en la cabecera del catre.

Dos copas vacías lucían tristes en el fondo del cuartucho y una botella de vino sin vino perfumaba amablemente el remanso de la estancia, disimulando su estado de cuchitril. Solía beber de ella y hacerla durar, pero hoy lo más cercano al brebaje que tenía era un óleo de un caballo reposando en una pradera amarilla, esperando flojo la pincelada que lo libere de su inerte prisión. Evalué rápidamente y por séptima vez el restante de mi habitación, deteniéndome graciosamente, y por séptima vez, en el dorado adminículo que me desafiaba desde la esquina opuesta, cual pugilista eólico, armonizando con mi sonrisa traviesa y el reflejo de la bombilla sobre nosotros, casi insultándome y desvistiendo sus sonoras intenciones conforme la vigilia se largaba con la modorra y bajaba la guardia esperando, sin esperanza, el golpe final que me condene al onirismo.

Perdí y, casi noqueado, viré hacia el lado derecho de mi cama: un vientecillo confundía al foco con un péndulo, haciéndolo oscilar dibujando el olor a noche y carajillos orgásmicos que se filtraban por una pequeña hendidura rajada en el alféizar de mi ventana; por poco podía verlo, el ritual insaciable se definía con las sombras y humores próximos que expedía la luz y saludaba el agujero; cubiertas las formas únicamente con el rubor de las cortinas, mas definiendo cada movimiento conforme la penumbra terminaba de inundar el recinto y cercenar el recibo de luz que no habían cancelado. La danza continuó mientras caía despierto, viendo el telón un poco abierto, las sombras impúdicas y oyendo el recital retozado que componía la percusión arrítmica sobre mi techo.

Colonias


Hasta el bodeguero de la esquina, en el borde del pequeño zaguán de su latino hogar, había percibido el perfume inocente que destiló la muchacha aquella tarde. Los dientes trashumantes migrando al terreno estival de su cortina curva, y su andar gracioso derritiendo el polvo en forma de pequeños tacones cuadriculados, conformaron la determinación para distraer al incauto hocico masculino. Consiguió el frasquillo en el mercado de pulgas local. Pereció en el mismo lugar. Lo rentó por un amargo adiós, por una fría despedida.

La fantasía aromática que suscitaban sus ojos de pequeña, al desfallecer cada frasco de la tienda, produjo un trauma inusual. Fue la historia contada, como un chisme maltrecho y generando miedo, hasta convertirse en estupor. La magia del olor masoquista y del envase roto desgastó enormemente la imaginación de la amistad recién concretada, del jardín de infantes y sus pequeños protagonistas.

Se visitaron como acordaron sus madres y, muñeca recelosa en mano, decidieron jugar a ser grandes. Resulta que la infancia noventera en Perú se revuelca en su antepasado místico y el descubrimiento de culturas pseudo-occidentales atañe en las progenitoras la capacidad de un afloramiento tardío. Loras y cotorras aguardan impacientes su cháchara onomatopéyica en la fría estancia aledaña mientras madres e hijas las imitan en la sala rojiza.

Dos muebles adornaban la mesita de centro que, resaltante, imponía su edad cuasi conflictiva con el patriarca nupcial. Se la regalaron a Éder Escorcia un día antes de su boda, profiriendo un destino legendario a su final. Las vicisitudes del tiempo y la severidad del adivino permitieron que acabara quemada en el depósito municipal de basura, no sin antes expulsar el aroma finito que finiquitaría la fineza del fiel cagadero público, pues más que una mesita de centro era una mesita de noche.

La casa, ubicada al lado de un hostal caduco, inspiraba cierto respeto que, ciertamente, era percibido por las pequeñas muchachas. Las niñas conversaron y discutieron, entre risas exageradas y con el acento mimético de sus mamás, exacerbaron los indicios de un pasado turbio y, protegidas por la intimidad del corredor que apuntaba al baño de visitas, salió a flote. Adriana Meza susurró, casi confundiéndose con el gemido del ventilador techero, el secreto de las colonias maltrechas y las mayólicas empavonadas, el parquet húmedo y la nariz tupida, el inoportuno accidente que marcaría sus vidas.

Recordó el pasaje fatal con mucha astucia, y no menos nostalgia, como lo había hecho durante toda su vida desde el fatal incidente; y, desde hace trece años, en las mañanas, a las seis y cincuenta, hora en que salía de la ducha, hasta las siete y veinticuatro, cuando terminaba su desayuno. Aquel día era especial y lo recordó hasta las ocho y seis de la mañana, hora en que subió al autobús para ir al mercado de pulgas local. Lo recordó por treinta y un segundos más cuando bajo del vehículo, y por otros quince cuando vislumbró el viejo cartel de la perfumería (ahora stand) “Enchanté”. Se acordó del evento durante un minuto y cincuenta y tres segundos, tiempo que demoró en sacar su billetera y buscar el inocuo billete de cien soles, y durante toda una vida cuando se bañó en la esencia de la mirada del infame vendedor de colonias.

Dejaron de ver, renunciaron a sus oídos. Clara Escorcia y Adriana Meza convergieron en el cónclave de los olores mortales, como deuda hacia su pasado hostil. Desde pequeñas aprendieron a analizar su mundo metiendo las narices en situaciones inhóspitas, buscando un aroma fugaz que les permitiera resarcirse de los daños perpetrados y la miseria inevitable de la ex-lujosa perfumería. Siempre fue su culpa.

“Entre la fragancia de las flores, encontrarían el camino hacia sus viajes perdidos”, reza el epitafio en su lápida. Ambas murieron envenenadas, dice la autopsia. Curiosamente, nadie las visita, pero siempre hay una flor, cada día distinta, renovándose a las seis y cincuenta de la mañana.  Las enterraron juntas, como debieron nacer, esperando que su putrefacción refulja en un perfume sagaz que, desafiando a la muerte, desate vida en el incauto pesar de sus benefactores.

Le Moment – Mémoire VIII: La Lettre



La Prensa se caracterizó durante décadas por ser un diario fiel a la verdad, de gran calidad y talentosísimos periodistas; naturalmente, eso cambió.

Habría sido una tarde corriente para un personaje inusual, pero la mañana capituló la rutina y destronó al café y el humo. Un innoble redactor meditaba en el sillón reclinable fumando un puro y observando la ciudad por la ventana. El escenario sería hermoso de no ser por el clima hostil, la tensión malacostumbrada. Pensaba y divagaba en sus más extraños recuerdos: desde la mofa de su madre al despedirse sin lápiz labial rojo, hasta la cruda visión conyugal que terminaría por convencerlo de que la vida es una infidelidad. Pues uno es infiel hasta con lo que come, nadie puede tomar decisiones por sí mismo sin atreverse a traicionar al hígado o al estómago o al cerebro, y todo esto mientras apuñala a sus pulmones exhalando un pequeño aro tostado.

“Mi mujer es una perra” solía expresar cada mañana mientras se afeitaba con la navaja de su padre. Siempre se preguntó por qué seguía con ella después de lo que le hizo… “Uno, dos, tres… nunca cambiará”, terminaba la plegaria matutina. Los indicios del suceso cruel empezaban a aparecer por toda la casa, estrictamente sobre la cabeza del muchacho; sin embargo, el exceso fue la desaparición de la cuchilla heredada. Si había algo que odiaba más que su cónyuge era la vellosidad exuberante y, si a eso le sumas el hurto luctuoso, el pobre hombre estallaría tarde o temprano. “Te amo con todo mi corazón” exclamó al caer la noche, esperando la devolución del bien preciado. La melena continuó su camino.

Huyendo de su esposa, siempre llegó primero al trabajo, y aprovechaba la oportunidad para divagar por los pasillos y jugar con las computadoras encendidas. Saltaba en la oficina de su jefe y, distraído, retozaba sobre la alfombra carísima con el dibujo del elefante persa extraviado en lugar del clásico logotipo de la empresa. Aquel día, temprano, el primer golpe del infiel y habitual puro coincidió con la llegada del cartero. La correspondencia iba dirigida al diario y al “Pequeño resquicio de honestidad que aún alberguen sus oficinas”. Ingenuo como pocos, el joven periodista abrió el sobre y se encontró con un titular que confinaría su emergente locura en las habilidades de su lengua rasposa. El escrito rezaba: “La Terre est plat” y una foto de un ministro saludando a unos hombres y entrando al congreso decoraba la extensa reseña que incluía el mensaje.

Leyó como nunca se había atrevido a hacerlo, olvidó su puro y el café cayó presa del frío matutino. Eran aún las siete de la mañana y los folios y pliegos y reseñas del sobre gordo lo inundaron en la irrealidad de un mundo veraz. La fugacidad de la vida lo sorprendió de golpe, guardó la misiva en un bolsillo y escribió su carta de renuncia. Su esposa lo escucharía: “Hoy se acaba todo”.

Fue demasiado cobarde y no le dijo nada, sólo se limitó a reclamar la navaja recientemente perdida. Pasó una semana. El primer día llegó sulfurado, indignado, confundido. Su mujer lo esperaba rebosante y de buen humor, ni siquiera le dio tiempo de discutir, retomó los calores de antaño e indagó en su vientre el motivo de su frustración, la solución de su premura. “Hoy no lo hizo” pensó… “Hoy no puedo”. El segundo día fue diferente: la pelea se dejó encontrar con una facilidad entrañable. El triunfo femenil estaba cantado, y la verdad él no planeaba vencer. Aprovechó su oportunidad y huyó de la casa. El divorcio tácito, la traición permisiva. El tercer día, bajo un puente olvidado, se dio cuenta que no había presentado su renuncia. Regresó al trabajo y el grito que recibió fue espantoso. No más puro, no más café, no más oficina… fueron algunos de los improperios (Muy resumidos y censurados por lo soez de su contenido). Sentado en un pasadizo y secando su camisa de la saliva de su jefe, redactó la nota diaria. Cuarto día, La Prensa exhumó un alboroto: se registró una fuga en El Fuerte hace nueve días; el acto estuvo tan bien planeado que recién entonces se dieron cuenta en el penal. Las notas y los papeles volaban, el cerebro del individuo también quedaba traspapelado. Nadie sabría dónde estaban los prófugos, pero los lectores quieren datos (Que se pueden falsear) y el gobierno exige datos (Cuya falsedad pasaría a integrar el centro penitenciario). Quinto día: faltó al trabajo, necesitaba comer. Desayunó en el mercado, jugo de naranja y piña. La acidez del encuentro lo llevó a escapar; lo que, sumado a su evidente falta de dinero, era más que justificable. Tras la séptima esquina en diagonal, cuando perdió al policía que lo emboscaba, se topó con las diurnas luces de neón de un hostal malaventurado. Las ventanas taponeadas, empavonadas y cubiertas con un tul que se hacía llamar “cortina”, ocultaban el pronto escenario de alguna vaga esperanza: la mujer (su esposa) y la dama de compañía ingresaban sin inmutarse al recinto, resguardadas por un hombre gris. Sexto día: llegó a las oficinas del medio y encontró el diario en el tacho de basura. “Por fin se decidieron a publicar la noticia de El Fuerte”, sonrió… aún no renunciaba. Séptimo día: el periódico coronó un titular amarillista: “¿Sucede algo extraño?”; abajo, una foto inventada de un reo contumaz escapando. La nota desinformaba, los jefes sonreían, los periodistas cobraban. Antes de retirarse recordó la carta, la leyó de nuevo y su indignación acaeció con más fuerza que nunca. El puente había hecho estragos su salud y sólo entonces haría algo: renunció. Se largó pensando en su esposa, en la infidelidad, en la carta, en la libertad, en el medio, en la hipocresía y en la maldita suerte que tenía por querer morir estando vivo. Se fue apretando sus pasos y rechinando los peldaños de la vieja escalera que precedía la salida, saltó de un golpe los cinco últimos escalones y cerró la puerta para siempre… sujetando el mensaje en la mano, dejando el sobre abierto.

Un par de horas después, un practicante realizaba su primera tarea: suplantar al valor perdido. Creyó que hacía trampa, no sabía para quién. Escaso de tiempo y de ideas, tomó una fotografía que encontró en las escaleras posteriores a la entrada de la empresa, recogió el periódico del tacho de basura y redactó lo primero que se lo ocurrió:

                Todo continúa normal
Huele a democracia en el congreso. El Ministro de Telecomunicaciones firmó hoy un contrato multimillonario con las principales empresas de telefonía en el país. El acuerdo disipa todas las dudas que generaron las redes sociales en los últimos meses ya que asegura la libertad comunicativa en todos los sectores de la sociedad.

“Está asqueroso, – le dijeron – pero lo publicaremos. Editado” Sin opciones, el muchacho aceptó. Quería hacerse famoso de alguna manera (Aunque su nombre no saldría en la nota) y soportó la vergüenza de ser manipulado. Periodista del futuro.

Lo pensó por una hora y pidió que le devuelvan la nota. Su dignidad estaba en juego, pero ya la había perdido hace rato. Le ofrecieron escribir una micronota para policiales, aceptó de mala gana. En la noche se enteró de un “accidente deleznable” y afloró su creatividad literaria (La nota también sería editada) :

Loco se mató porque su esposa lo maltrataba: Un hombre se plantó en medio de una de las avenidas principales de la capital esta tarde. El suicidio habría sido motivado por los maltratos de su cónyuge. Fuentes confiables aseguran que perdió la razón a causa de la cauterización de su miembro viril perpetuada por su mujer. Dicha señora lo habría hecho dormir en el patio de la casa, “¡La tierra es jodidamente plana!” acotó la víctima.

Le Moment – Mémoire VII: Devoir Supplémentaire



“Presto agitato, prestissimo, stacatto, grave…” Se oía en la habitación contigua, donde el hijo del ministro recibía sus clases semanales de piano. El profesor, nada dócil ni considerado con el pequeño de ocho años, proponía ejercicios cada vez más complejos y cambios demasiado rápidos para un niño, el cual, sorprendiendo a todos, ejecutaría con ejemplar maestría. El chiquillo era un prodigio de la música; a su corta edad había dominado varios études y mazurkas y ballades y nocturnes del complejo Fryderyk Chopin, su compositor de cabecera; y, ahora, gracias al docente italiano, descubría los secretos de las sonatas y sinfonies de Beethoven. Sonaba una de las mazurkas de Chopin (Opus 41 – cuarto movimiento) cuando Tulio dio por terminada la clase y se dirigió hacia el incauto padre para proceder con el cobro respectivo. Paga en mano y corazón contento se retiró a su hogar.

El recién nombrado Ministro de Telecomunicaciones se perfilaba como un gran político y, en general, el gobierno producía gran expectativa en todos los ciudadanos. Era un tiempo de libertades, de calor y de excesos, era un tiempo donde todo, absolutamente todo, era normal y lo “raro” era el pasado y el presente era el futuro. Era un tiempo sin tiempo pues, donde ya nadie se molestaba en contar años y décadas porque sencillamente no importaban. Era un tiempo en donde las distancias se verían superadas por circuitos y señales y satélites y demás aparatos extrafamiliares que producirían enajenamiento en la desgracia. Se describía el descontrol “controlado” en cada página de La Prensa, en cada no-día de las no-semanas; y a todo el mundo le parecía genial y, el hecho de que, al parecer, el nuevo gobierno no vaya a hacer un carajo para nadie y sencillamente se dediquen a extraer un poco más de dinero del explotado (pero abarrotado) bolsillo de los pobladores, les merecía su más sincero aplauso.

Tulio fue contratado por capricho del niño y por un delirio visionario que sufrió el padre en uno de sus inconstantes sueños; se le buscó, se le llamó, se le contrató y empezó a dictar sus clases. El viejo profesor (En sus cincuentas) poseía un aspecto demás cansino y un poco maltrecho, y un carácter demás entrometido, estricto y bondadoso. El tipo era inteligente y aprendió a pensar desde pequeño; dicen que la política no es para los que piensan, tal vez por ello vio lo que vería (Y que no debía ver) y dedujo lo que deduciría (Y que no debía deducir). Comenzaron las lecciones y pasarían un par de años en los que el muchacho aprendería velozmente y el profesor sería testigo de los enormes cambios que ocurrirían en el gobierno: lo que aparentaba ser un mandato de turno terminó por convertirse en una revolución. El presidente habló siempre de la prensa de la “cojudez”, medios vendidos a la economía mundial, desinformación y cosas por el estilo que sólo tenían cabida en el paupérrimo canal del Estado que, por cierto, nadie veía. Los líderes nacionales y su gabinete inexperto terminaron peleados unos con otros y, de la nada, un cabildo destronó al mandatario. Se defendía la “libertad” desde una trinchera con barrotes, y su carcelero parecía el juez; y la justicia, su verdugo. La ética y la moral andaban tan deshumanizadas que cada uno defendía lo que no creía defender y, entre confusiones y abismos, un cadáver militar de las viejas guerras de cuando aún los años contaban cifras y los meses tenían nombres, aprovechó para imponer un régimen que, además de obsoleto, terminaría siendo contraproducente.

El nuevo gobierno causó el descontento popular; sin embargo, acostumbrados a quejarse entre dientes, nadie hizo nada. Las clases de piano avanzaban con una prestancia inocua y se lograba distinguir, casi al ras, como una metáfora del testigo gris que observó todo desde siempre, las maniobras políticas que mitigarían los perjuicios hacia la distinguida familia y su apellido. Tulio Valle (Cuídese de conservar el acento italiano al pronunciar) desechaba para entonces los pocos rasgos de turista que podría tener en el país y en la mansión. Inspiraba confianza y nadie jamás se atrevió a desconfiar de él, a pesar de que él nunca confió en nadie. Independiente y maniático como pocos empezó a fisgonear alentado por un ápice de patriotismo extranjero, una cuña de dignidad que sintió regurgitar junto a la acostumbrada copa de gin una madrugada. Y la curiosidad fue valor, y el valor verdad y la verdad, como creyó conocerla, fue una bola de nieve que, en lugar de crecer, regresaría al valor y luego a la curiosidad de la que fue víctima un gato. Había terminado una clase y habían pasado tres semanas desde que la no-dictadura se instauró en el país cuando el maestro, apurado por la desidia y resguardado por su poca fortuna, indagó más de lo debido. Buscó, buscó… y el que busca tarde o temprano encuentra, y encontró lo que no buscaría, pues se le había extraviado una tuerca que luego confundió con cuerda que luego confundió con partitura que luego confundió con los documentos confidenciales que andaban regados por el despacho del ministro.

Se fue enterando de esa manera de muchos eventos y artimañas ajenas, del manejo y descontrol del gobierno y así pasaron lentamente dos años, dos años de información, de guerra interna (Porque de hecho su cabeza era un campo de batalla) y de desilusión que acabaron por obligarlo a tomar una decisión. La no-dictadura se había encargado minuciosamente de maquillar una democracia conflictiva, un proceso lento y pseudo-escandaloso que derivaría en una lucha de oposiciones en el gabinete congresal por una serie de audios y chuponeos y desvergüenzas prefabricadas que surtirían la argamasa para articular el fin ulterior: censura total.

Se propagaron algunas leyes ya promulgadas y se promulgaron algunas no propagadas que, con el apoyo de la prensa, lograron su aceptación total; sin embargo, la población no podía permanecer callada. Existen nuevas formas de comunicación sin mediadores y la red era inmensa, intervenirla de la nada generaría un caos inevitable que debía ser controlado. El riesgo era enorme, pero una vez las empresas de telefonía empezaron a ver sus intereses económicos perjudicados, barajaron la inminente huida. Demandas y contrademandas la demoraron mientras el ministro veía lujuriosamente cómo las empresas caían en su juego. Al final, se irían aceptando el coste de transición de líneas a un canal oficial, dejando una patente para ejercer un control “ficticio” y conservando las regalías (Que era lo que menos le interesaba al Estado). Los empresarios vieron en ello un negocio sencillo y sin desventajas: dinero fácil. Aceptaron inmediatamente sin notar que el último azar de la democracia sería una adhesión de las comunicaciones a la constitución, por lo que se debía tramitar una modificación clandestina.

Para entonces el pueblo empezaba a despertar y el paso de la no-dictadura a la sí-dictadura era un secreto a voces y se divulgaba por diversos e ingeniosos portales, los cuales otorgaban un acceso libre a quien lo solicitara. Ocupaba servidores externos y mantenía a la gente informada; el ministro de telecomunicaciones estaba en el ojo de la tormenta y sólo disponía de un movimiento más para sentenciar el jaque mate, para inclinar la balanza de una partida que, si no era llevada con el debido recato, podía ser ganada por cualquiera.

Tulio, al tanto de todo esto, decidió formar un grupo de aficionados en línea. Fanáticos o patriotas, los idealistas resolvieron, después de un duro entrenamiento de seis meses, perpetuar el robo de los documentos en la mansión, exportarlos a naciones contrarias e iniciar dos guerras: una externa y otra civil. Sabían que necesitaban ayuda de fuera, pero sabían que ello no venía gratis, por tal motivo quisieron tenderle una trampa al mundo. El maestro se encargó de brindarles los pormenores del hogar, las gavetas, las llaves, las puertas y las escaleras, cada baño, cada grifo, las cámaras y sus puntos muertos, las alarmas y sus alarmantes fallas, todo estaba planificado y creyó no habérsele escapado algún mísero detalle que fuera de importancia y, en efecto, fue así. No obstante, algo salió mal… alguien murió y la gente corrió y él se desvinculó totalmente del evento. Ese día, la familia fue a presenciar el primer concierto del muchacho en el Teatro Municipal. El maestro ansioso, abandonó la obra al tercer movimiento y se dirigió al lugar de los hechos, pretendiendo dar la voz de alarma y conservar la confianza infundada; sin embargo, no pudo evitar plantarse en la plaza y admirar al orate orador que recitaba indignado su real discurso. Un disparo y comprendió todo, fue a sentarse a los pies del monje infame, lamentándose de su vida, de sus errores, de la pequeña hormiga que lo acompañaba en su pesar.

Una semana después, cabizbajo y abstraído, renunció a su cargo de profesor, se despidió de la familia y nunca más se le volvió a ver por ahí. Aquel día, tras la despedida, echó una última ojeada al despacho de su jefe aprovechando que no estaba en casa. Encontró un último documento que aclaraba que en dos semanas se concretaría la ansiada reunión en el congreso para firmar las licitaciones e intervenir las líneas telefónicas por un rato. No supo qué haría luego, se sentía culpable y responsable, pero cansado y derruido, los días siguientes le fueron advenedizos y él, junto a su soledad, sólo alcanzaba a dibujar una postal antes de caer dormido. El pincel onírico que supuso el lienzo de su vida: El portazo forzado, la frente en alto y, antes de partir, la llegada furtiva de un sedán azul conducido por el ministro, aquél fue su último capricho. El reemplazo de su arte.

Le Moment – Mémoire VI: Le Discours



La volátil plazuela, la estatua imperante. Resultaba curioso que un dogmático sacerdote fuese homenajeado en dicho lugar, donde, en el núcleo de la rotonda central, deslumbraba su escultura de mármol. Adornado con golondrinas oscuras y palomas marmoleadas, cercado por rejas metálicas que ni sus aéreos visitantes se molestaban en ensuciar; y, biblia en mano y mirando firme hacia el horizonte, el cura albino de aspecto senil y sonrisa perenne, expresaba en su sarcasmo el pundonor de sus hábitos. Hecho curioso e irónico por la naturaleza de la plaza, templo de la bohemia local y epitafio de la moral perdida; sin embargo, la efigie del monje sirvió para darle esa temeridad que sería tan característica del histórico centro.

Sin los extravagantes caracteres que inundaban el lugar, parecería un terreno baldío. Estreno circense, loco despiadado, mujer boa, mujeres en boas, y mujeres con boas, eran sólo algunos de los espectáculos que se podían presenciar. Por un tiempo, la mayor atracción del sitio fue un hombre relativamente mayor (En sus cuarentas) que, con la mirada perdida en algún sórdido rincón de su pobre imaginación, se dedicaba arduamente a rodear la estatua del frívolo asceta. El innoble caballero se mantuvo así por años y casi una década hasta caer muerto por la desesperación de no poder recobrar el aliento que, según él, se le había caído en uno de sus “viajes”.

El chambellan du la chapelle¸ como solían llamar al caminante los graciosos muchachos del distrito, se vería raudamente reemplazado en un par de semanas. Entre los antagónicos personajes que, desde entonces, solían verse en la plaza destacaban siempre dos: un hombre elegante cuya función, digna de la carpa más lujosa, cautivaba a un público considerablemente amplio, y un señor desaliñado, presa del anacronismo apócrifo, cazador de misticismos inermes, curador de un secreto a voces.

“Se escapó del hospicio”, susurraban los conservadores. “Ma vulgaire prophéte”, sentenciaban los bohemios. “Sólo alguien más” imaginó el grueso de la gente. Durante el corto tiempo que el mítico errante permaneció en la “place du vérité”, dialéctica paradójica del oráculo popular, cautivó a todo el que pudo oírlo; orador innato e incansable trovador, sorprendió y conmovió con cada discurso, cada réplica, dúplica. El recital del diablo,  le nom du mot, la verdad escéptica… cada acepción que connotaba su monólogo indicaba un paso adelante en su misión. Siempre quiso revocar, anhelaba cambiar el mundo, darse a la fuga con el resto, abandonar el sistema; y así maquinó, tras una matinal y elevada reflexión, la culminación diaria de su amplio sermón:


“…y después de muertes y vidas precoces, luego de hallar cercenados los últimos vestigios de la libertad proclamada, al final del diálogo sordo que comprende una línea telefónica, una carta con tinta china, una China con tantas cartas; hallamos un idioma prófugo, una lengua ultrajada, un hablar tan adverso, reverso y converso en nada más que simples estupefacciones; simples y llanas mentiras.

Al final… ¿Qué hemos ganado? Tras años y lustros y décadas y siglos de polución, de expoliación indemne… ¿Qué ganamos? ¿De qué me sirve saber todo si acaso tengo nada? Díganme, ¿Qué es lo conveniente de exponer dictámenes inútiles, palabras lavadas? La hostia de tu maldición fue ingerida antes de que nacieras, cuando la tierra aún era redonda, cuando todo fluía sin excepción y tus labios tenían poder y tus besos portaban veneno, y tu lengua propagaba verdades y tu mirada era tu identidad, y todo cobraba importancia y los cobros no eran importantes, y la religión mandaba en su seno y en tu seno no había religión, y las reliquias andaban enterradas y entonces no se enterraban reliquias. La tierra fue redonda hasta que se descubrió su movimiento, hasta que el infinito no causó miedo, hasta que empezó a ser dominada. La tierra fue redonda porque tu voz resonaba, se perdía en las paredes de su protección, regresaba intacta a tus oídos tras recorrer el mundo.

Y fue aplastada, machacada sin piedad alguna por el peso de su riqueza, por la nobleza de algo que sencillamente nunca importó nada, por rocas, por papeles, por árboles, por albores fragantes en playas exóticas, por océanos de hierro y olas de dinero, por arena de cobre y castillos de boletas. Derruida por su lacra, por el brillo de su caca…”

Antes de proclamar y reclamar su última oración, el hombre era comúnmente vitoreado por una multitud que cada vez era mayor. Incluso el muchacho circense ordenaba sus horarios para culminar con su obra y atender al heroico final de su competencia; sin embargo, en la última de sus charlas, la presencia fue inicua. Minutos antes de contemplar el point culminant, un cañonazo retumbó en la avenida más cercana, la multitud estalló, revoloteó, se desbandó inmediatamente como buscando un escondrijo irreverente o un lugar propicio para ver el evento; todos se largaban y sólo su hilarante antagonista y un sudoroso hombre enternado, consternado, preocupado y apurado se quedaron a oírlo; además de un desafortunado transeúnte que, maleta en mano, se ganó con el impasse:

                “…Señores. El esplendor de un eje absurdo jamás existió. Vôtre Terre… est plat.”

Le Moment – Mémoire V: La Fuite



“La crème de l’amour, liberté, et la vie en prison” se oyó susurrar al reo un sábado en la noche, antes de dormir. En la víspera de la fuga, todo acaeció con normalidad; nadie lo sospechó, ni tendrían por qué.

Un policía afrancesado que, malhumorado por su cambio de turno, sacó a flote su fantaseo expiatorio, recorrió tranquilamente los cursis pero limpios corredores del Fuerte, cárcel estatal temida y respetada no por muchos, mas habitada por varios. Durante el breve tiempo que abordó los pasillos del centro penitenciario pudo conocer perfectamente las celdas, hasta les agarró cariño después de unos días. El chiquillo con uniforme era alto, meditabundo, extranjero, alguien cuyo nombre nadie supo porque nadie lo pudo pronunciar, ni tampoco se interesaron mucho en ello; se había fugado tanta gente del país que era común ver uno que otro personaje forense en medio de una calle cualquiera. Él, belicoso y abstraído como siempre, decidió recorrer cada pequeño recinto, provocar al mínimo presidiario, ganarse golpizas, propinar castigos. En pocos días se ganó el odio y temor de la mayoría de convivientes; sin embargo, exceptuó siempre a unos cuantos: una suerte de pequeña comunidad que suponía evocar al “Club de la Serpiente”, un grupo de convictos pseudo-intelectuales,  paranoicos, románticos y desdeñosos. El guarda pareció enamorarse de ellos, pasando horas enteras conversando y maquinando y fantaseando y creyendo ser los muchachos franceses del lugar.

“Prendre la fuite” solía decirse al final de cada reunión los preciados samedis. Un himno inusual, conciso, tramposo y desleal; el amén de los presos del club, porque todos sus miembros andaban reclusos en él. El dato curioso es la complicidad que se notaba entre el guardián y uno de los prisioneros. Se conocían desde antes y tenían un enemigo en común: Una mañana soleada, en medio de una avenida principal, el efectivo se desenvolvía en su ardua labor de policía de tránsito hasta que, tal vez por el reflejo del astro o su sexto sentido corrupto, advirtió una falta leve. En una de las calles aledañas un auto azul se había detenido más adelante de lo normal, invadiendo el crucero peatonal. Fue pues, a concluir el trámite respectivo; paso lento y seguro, malicia tierna y oscura, golpeó suavemente el vidrio polarizado, soberbia vehicular. El sedán arrancó inmediatamente desafiando la luz roja y surcando los autos advenedizos, el policía cayó de espaldas y sólo alcanzó a ver una minivan negra inestable, girando y evitando el choque con el coche infractor para terminar estrellándose contra un árbol circundante. Impertérrito, corrió a socorrer el accidente, a mitigar el daño; morboso, el ansia de la imagen hiriente de un cadáver lo hizo atravesar el humo y saltar las astillas y esquirlas con la habilidad del entusiasta impaciente. Antes de poder siquiera ver qué sucedía dentro, resonó un disparo en el vehículo, se asomó por la ventana rota y pretendió no ver lo que ocurría.

-          Vous êtes à l’étrànger, monsieur – exclamó el pulcro hombre que adornaba el desastre.
-          ¿Ah?
-          ¡Jajaja!...  A este caballero – apuntando al cadáver del conductor con su arma – solían llamarle Winnie; yo, no tengo nombre.

Le Moment – Mémoire IV: Coup de Feu



No dormía bien desde la semana pasada, las continuas pesadillas lo insultaban y su eco reverberaba por la cuadriculada habitación en la que vivía. Era un hombre travieso y confundido, alegre y estúpido, pero inmensamente perdido; absorto en su totalidad extenuante, en su ansiedad lucrativa, en las sanguijuelas de toda su vida: la eterna duda de sus deudas.

Levantóse cansado y huyó hacia el trabajo. Tenía pensado renunciar hace varios días, pero la cobardía natural que expelían sus cuentas le impedía hacerlo; se embadurnó en cachemire y su clásico eau de la vie, mal llamado ginebra, y se retiró paulatinamente hacia la puerta de bordes dorados que lo separaba del oscuro mundo primaveral del que era parte. La cerradura se trabó y su aspecto tomó el tinte rojizo que nunca tuvo. Ardía y quemaba y sulfuraba la salida, alarmando a Miguel, nuestro personaje, y obligándolo a escapar por la ventana que apuntaba hacia el pasadizo del condominio. Corrió durante horas ignorando platas y oros y fuegos y guantes blancos por el suelo; continuó corriendo hasta hallar una resbaladera acuática. Ya estaba mojado hacía un par de horas, pero le tenía miedo al agua; desesperado, resolvió saltar al vacío.

Caía y no dejaba de caer, hasta se podría decir que planeaba y, por supuesto, planeaba morir. Respiraba humo y llovía ascendentemente, las gotas ácidas fueron deshaciendo su traje en billetes de dieces, veintes y cienes. Despegó el cielo económico y, en su desnudez, Miguel vislumbró su destino: un vicioso y psicópata muchacho se apuntaba a la sien con un revólver mientras lo perforaba con la vista; el cian de su mirada lo despedazó, conduciéndolo a un estado de demencia neutral, gritos y gritos y la sorda amplitud sonora del Smith&Wesson retumbaron en su cabeza. Ciego por el temor, abrió los ojos y se encontró con la botella de gin a medio tomar. Abandonó lentamente la cama, recordando que el agua de la vida era el whisky, mas no su adorado liqueur de ginèvre, se retorció por un minuto hasta percatarse del alboroto vecinal: un hombre elegante corría desesperado hacia la avenida principal; entretanto, algún otro grupo de ciudadanos se dispersaba hacia y desde la plaza.

Desinteresado y con una tardanza considerable, terminó siendo convencido por el oficio y se aventuró a su faena diaria. Se despidió de su edificio entre el tumulto cucufato y el bullicio episcopal sin apartar su pensamiento de aquel momento. Esos ojos azules no los olvidaría jamás.

La Boda


Mi agnóstica irrealidad me impediría estar ahí, elegante, bien tiza y pintado para muchos, demasiado sobrio para mi gusto. Siempre tuve la certeza de que me faltaban unas copas encima, algún shot miserable que se atreva a distraerme y abstraerme y hasta salvarme de la tortura cruel que estaba sufriendo. Sin embargo, ahí parado y tentado por los diversos disfraces cortos y blancos, y las traviesas sonrisas que alentaban mi inmaduro instinto de procrastinación, mi lealtad jamás estaría en duda, puesto que acepté ser el padrino de bodas de un gran amigo mío.

Él: nervioso, tembloroso y emocionado, esbozaba una amplia sonrisa cuya razón hasta ahora desconozco, jamás me atreví a preguntarle si fue por miedo, frustración, nervios, apariencias, felicidad, gozo, alegría, amor o estupidez. Llevaba un traje negro, cuya opacidad brillaba a lo ancho del altar, una espléndida camisa blanca y una corbata del mismo color, así como un pequeño pañuelo albino que guardaba en la solapa y una dulce orquídea que cogía temeroso con la mano izquierda.

Ella: desaparecida como tenía que estar y nerviosa como debía permanecer, divagaba perdida en algún lugar del templo, esperando el momento propicio para hacer su ingreso triunfal. Un vestido de encaje blanco y unos finos tacones similares adornaban la hermosa tiara de plata que coronaba el velo de seda del que, un rato más tarde, se vería despojada. La eterna muchacha se casaría pronto y, buscando el bouquet o sollozando sus miedos, mantendría a todos a la expectativa.

Yo: ansioso.

Me eligieron padrino y la conmoción me llevó a aceptar. Había olvidado lo aburridas que son las misas con su olor a nácar y a naftalina, y había olvidado también mi deseo trepidante de secuestrar el vino sacro que ocultaba el padre en algún lugar. Supuse que ésa era mi misión, y el alcohol me distrajo hasta el cenit del evento, o al menos el deseo de hallarlo.

Sucede que la novia demoraba más de lo debido y los cuchicheos eran cada vez más evidentes. Había una vieja gorda, cuyo vestido color camote reflejaba los desquites del verano y cuya sonrisa hipócrita hacían menos agradable mi estancia en el lugar. Es decir, ¿por qué la sonrisa? Ni siquiera ha aparecido la novia. Pero no, las cuarentonas empezaban a impacientarse, las cincuentonas a imitar a la señora y las sesentonas a olfatear un baño. En cuanto a los hombres, la sinfonía magistral de los hambrientos recodos de sus fajas componía un halago al prometido, pues sonaba casi como un aplauso. Se podría decir que disimulaban o que no compraron el triple que la abnegada cocinera clerical vendía en la entrada; de una forma u otra la iglesia invocó un barullo poco común.

El organista nervioso empezó a tocar lo que sabía, dejando notar su falta de experiencia. Sonó un intento de Beethoven con Mozart y Wagner con Mendelssohn, pero claro, nadie entendía el mamarracho que sucedía más arriba. El novio, mi amigo, compadre, confidente y cuasi-pareja empezaba a sudar frío, se notaba por el estado de la orquídea que lentamente viró de blanco a gris conforme pasaban los minutos; e, impaciente, me dijo que quería ir a buscarla…

-          ¿Estás loco? Mira cómo suda la tía… si te vas su cirujano se queda sin trabajo. Tranquilo, el lío será peor si desapareces.

Supongo que eso habrá servido para calmarlo porque, aunque no se rio, se mantuvo en su sitio.

La primera incidencia ocurrió a los dos minutos cuando un señor de unos ochenta años, que al parecer nadie conocía, se levantó y empezó a circular el rumor de que la novia andaba muerta por un desmayo que le produjo el soslayo de una imaginación sin precedentes. Sí, muerta por un desmayo, sin embargo la gente, hambrienta de chisme, lo tomó como cierto y, minutos después, el octogenario recibía la noticia de que la “composición” del organista fue preparada para su muerte.

La segunda también tuvo a otro viejito como protagonista, esta vez no tan mayor (La señora camote aseveró que aún ejercía con plenitud y destreza sus facultades masculinas), pero de un aspecto cansino. El señor se retiró “al baño” y nunca más apareció. “Al fin alguien tuvo la valentía de hacerlo” pensé, pero no… de pronto la novia estaba viva y aquel fue su amante por seis largos años con el que se habría dado a la fuga porque el cobarde no soportaría la vergüenza de decir: “Yo me opongo”.

Los suegros, muertos de risa con lo que sucedía, reflejaban la antítesis de la situación (casi) conyugal. El novio continuaba nervioso y quería largarse a buscar al amor de su vida. Y lo habría hecho, y lo habría dejado hacerlo, si no fuera porque de pronto, percibimos a un acólito deslizarse por un pasillo de la sala portando, cual bota de navidad, el bastón de las limosnas que el cura, minutos antes, le había entregado. Salieron un par más y para mí fue suficiente. Me largué del templo a paso firme y por la alfombra roja. La gente empezaba a mirarme contrariada y perpleja, pero yo seguía avanzando, pues no tenía la mínima intención de darle dinero al padre. Salgo y me encuentro con la señora cocinera, resuelto y distraído (Y queriendo cobrar protagonismo en la festividad) le pregunto si había visto a la novia salir. Me responde que no, pero que la vio correr en el patio lateral. Para mí, de nuevo, fue suficiente. Ingreso a una habitación tras cruzar un pequeño jardín de magnolias y fresas, y encuentro en una vieja mesa de roble un triple a medio comer, un aroma extrañamente familiar, una carcajada otoñal desde el pórtico y una pequeña botellita de colirio.

Sonaban las campanadas que marcarían el inicio del matrimonio; mientras, yo me embutía el resto del sánguche y descansaba en el recinto. Transcurrió un minuto feliz hasta que se detuvieron las campanas de golpe; yo, cagándome de risa, recaía en que ahora me andarían buscando.

Le Moment – Mémoire III: Clocharde



Desde la navidad maldita en que perdió todo, se ahogó en el mar de sus culpas. Sus dolencias la perseguían al ritmo de sus pulgas y el morral caqui que llevaba a la altura de la cadera parecía ansiar competir palmo a palmo con la hemeroteca nacional. Las ojotas destartaladas aseguraban la huella del desprecio que inspiraba en sus detractores y, más enlodadas que nunca, se adhirieron a una página de un diario perdido. Se percató del suceso y lo recogió con la algarabía que suponía su nuevo hallazgo, una pizca menos de frío, un nuevo hogar para sus bichos, una suerte de calefacción en un invierno otoñal que contrasta la primavera brillante de la que se jactaba la élite desdeñosa que gobernaba la ciudad.

Empezó por leer el diario ignorando la mancha de sangre que adornaba la contraportada y centrándose en el curioso titular: “Todo continúa normal”. Parecía un chiste, hasta ella y el resto de indigentes sabía del conflicto congresal, sabían del inminente autoritarismo y su preocupante proximidad. “La prensa” ya no era la prensa y su contenido era más jocoso que jovial, más burlón que revolucionario, y era burlón porque decir semejante tontería no es sino una mofa hacia pueblo consternado. No hizo más que reírse y guardar el periódico en su bolso.

Un policía la abordó al poco rato exigiéndole la devolución del medio impreso por haber visto una mancha roja sospechosa. La joven le ofreció su mochila y el efectivo pudo observar decenas de ejemplares, viejos y no tan viejos, y la gran mayoría con un pequeño hematoma decorativo en alguna parte. El hombre sólo alcanzó a rendirse y disculparse con la agraviada, decidiendo que, entre tanta mugre, la gaceta terminaría perdida.

Pasaron las horas y, tras una cena improvisada con un gato pequeño que habría adoptado, la mujer se dirigió sin prisas hacia la sombra de su puente nocturno. Llegó a las dos horas pasada la medianoche; caminando y conversando y jugando y saltando con el dulce minino, entabló una pequeña esperanza contra la crisis, despejó su mente y retiró sus miserias, elevó la cabeza y firme, buscó la hierba más mullida y dócil para dormir. Marcó su territorio y, marcador en mano, se dispuso a encontrar el orquestal periódico de ayer. Tras unos relativamente rápidos treinta y cinco minutos de búsqueda lo halló doblado entre uno de hace seis días y otro de cuatro meses y medio; sin notar el pequeño salpicón de líquido vital, armada ya la frazada de pliegos y tabloides, tachó el titular e imprimió un mensaje peculiar encima: “Todo va a estar bien” se alcanzaba a leer, encabezando la imagen del político, siempre sonriente, saludando gracioso en la puerta trasera del congreso al grupo de señores bien vestidos que lo esperaba, y despidiéndose valiente del sedán azul que acababa de estrenar.

Le Moment – Mémoire II: Le Cambriolage



El plan fue perfecto. No había ningún detalle que se les hubiera podido escapar; llevaban alrededor de dos meses pensándolo, maquinando la despedida, la llegada, el azar, el escape y el escaparate ingenuo que había que surcar, el cerco endeble, las miradas sórdidas y apaciguadas, el vigilante insomne y taciturno; la cobertura, en general, fue impecable; y los ejecutores, duchos en la sucia labor que ejercían, lucían ansiosos por concretarla: el botín era lujoso y la experiencia, inolvidable.

Abordaron pues, los cinco ladrones, la minivan negra que los esperaba afuera de su acostumbrado rendezvous y partieron de inmediato. Cantando algún éxito de Sabina, y jugando al intelectual y su comedia, describieron astutamente los detalles del pronto asalto: Tigre y Mozart espiarían durante media hora la parte trasera del hogar, surcarían el pasto tras una breve maniobra y entrarían por un pequeño agujero que encontrarían en una ventana oculta; Dandy tocaría el timbre obedeciendo a la visita semanal que hizo durante mes y medio para despistar al vigilante flojo; Pequeño Dub se ocuparía de la distracción y sería la “campana” en caso sucediera algo fuera de lo normal; por último, Winnie esperaría con la minivan a dos cuadras del lugar hasta que le den la señal para abrir sus puertas y concretar el robo.

La minivan dejó a la pareja a la espalda de la casa y a Dandy en la cuadra siguiente. Dub se había bajado hace un rato y, con su maletín travieso, desataría la euforia de grandes y chicos montando un escenario digno del mejor circo en la plazuela más cercana. Como era de esperarse, la voz corrió rápido y los transeúntes se apresuraron para coger un buen sitio, lo suficientemente cerca para ver cómodamente, pero algo lejos para escapar a la limosna inevitable tras el grand finale.

Dandy se apresuró y llamó a la puerta antes de tiempo; no le dio el tiempo necesario a Tigre para inspeccionar el lugar, ni a Mozart para componer la sinfonía del hurto que descendería en un timbre silencioso. Sonó, retumbó y asustó a los inocentes ladrones, expertos traicionados por el nerviosismo que suponía la importancia del caso. Tigre permitió su ingreso, previa puteada implícita en la mirada, y fue entonces cuando la tragedia asomaría su burlona sonrisa por primera vez.

El joven y novicio Dandy empezó su labor de delincuente hace apenas siete semanas, era recién un principiante, un cachorro que debutaría a lo grande; sin embargo, su falta de profesionalismo le jugaría una mala pasada. “Rubio”, como se creía, y lampiño, se perfilaba como el Ricky Ricón del Fuerte. Usando charol de calzado y portando siempre su vistosa corbata roja, se aventuró en el mundo que suponía el iniciar “le cambriolage” en aquella mansión. Se dirigió al comedor por inercia y fue sorprendido por una curiosa nota en letras rojas que se erigía en medio del salón pacífico. Grande y pequeña como ninguna, el papelucho rezaba:

                Queridos ladrones.
                               Si van a utilizar el baño, por favor jalen la palanca.
                               Gracias.

Le Moment – Mémoire I: Paranoïa



“¡La tierra es jodidamente plana!” Se le oyó decir al loco; transeúnte quimérico que se hallaba en plena avenida desviando autos por doquier y llevando un cartel amarillento colgado en el cuello, sesgado por los bordes y astutamente descuidado, que resaltaba un temeroso “2012” con grandes letras rojas. El orate vestía un terno azul noche y zapatos de charol negros, guantes de cirujano por si las dudas y un pañuelo celeste tornasolado que le cubría la sedosa melena; su cabello castaño, envejecido y opaco por el irritante sol de mediodía, le llegaba hasta la cintura, y una pequeña barba de una semana pretendía ocultar los cortes en la quijada; tenía pómulos retraídos por un aspecto cabizbajo que, de una forma extraña, inspiraba respeto;  unos ojos lluviosos fijos a cada tramo del asfalto circundante y una voz melosamente ronca que acariciaba raspando las bocinas de los vehículos temblorosos.

El cadáver, porque dicho hombre iría a morir pronto, clavó su mirada en un auto azul que combinaba perfectamente con su atuendo y se adelantó a grandes zancadas, desafiando los frenos agonizantes y los chirridos estridentes de las viejas maquinarias andantes, empujó a los policías curiosos que, minutos antes lo observaban al lado de algunas patrullas estacionadas, empezó a correr y, súbitamente, el tráfico se veía aliviado y la eclosión vehicular dibujaba una especie de anillo entre el demente confeso y el conductor decidido. Segundos antes de morir, el sujeto cambió su discurso: “¿Por qué la aplastaste?” gritó, desgarrando los últimos resquicios de sus cuerdas vocales, sangrando sutilmente, desenfundando un revólver oculto en su saco, aventando el cartel destartalado, improvisando un brinco de piedra, blanqueando los ojos, arrodillándose frente al auto y falleciendo en el acto.

El sedán azulino se detuvo a su lado; dos muchachos de apariencia senil, embutidos en batas grises y portando botas y guantes de goma amarillos, recogieron al chiflado del suelo para depositarlo en la maletera del coche. Se largaron al instante y la policía comenzó con su ardua labor. Los efectivos despejaron las pistas, despacharon a los curiosos y respondieron a sus preguntas tan inocente como torpemente, repartieron flashes de comunicados oficiales al que lo requiera y enviaron a una patrulla a perseguir al conductor en fuga. Todo sucedió en la tranquilidad de un día normal y así acabó, sin mayor interés. Algunos pocos se preguntaron por qué los celulares se quedaron súbitamente sin señal y fueron prácticamente inutilizables durante una hora; los operadores los resarcieron con nuevos equipos o crédito y ahí terminó.

Un día después todo continuaba nublado, un chico se aproximaba a los choferes y transeúntes cuando el semáforo indicaba el rojo respectivo para venderles periódicos y titulares, los árboles sonreían hipócritamente al paso del tiempo y la patrulla persecutora reposaba en una esquina aguardando a un incauto para chantarle una papeleta piadosa. Un diario se dejó ver cayendo en la pista ante el descuido del muchacho, el titular era tan inusual como siempre… “Todo continúa normal”.

Anti-catarsis


Aquí otro soneto, sería interesante una reflexión, pero me resulta aburrido; prefiero dejárselo a ustedes.


Hoy me siento más poeta que nunca;
Hoy, que no puedo escribir poesía.
La vacía prosa que, estancada,
No maquina una triste melodía.

Ayer reía en la alameda trunca,
Nadando en copas de melancolía.
Desistía, la parsimonia helada,
A soltar las lágrimas de mi hombría.

Mas construía, la máquina fútil,
Escupiendo aceite hacia mi renuencia
Y confundiendo la dura labor

De no toparme con el estupor.
Porque un inane sentir o su ausencia
Generan demencia o un verso inútil.

Agosto

La paradoja incesante del mes de agosto me obliga a retomar la poesía, después de meses les traigo un soneto.

Despegó en mi pecho la algarabía
El incansable furor de soprano
Un par de sustos, un retraso vano
Y cantó el oasis de mi elegía.

Aquel matiz de sueños y alegría
Propiedad implacable de mi hermano
Obligóme a saberlo de antemano:
Corazón, vislumbraba la amnistía;

Se encontraron de nuevos los extraños
Y recordaron su toreo fuerte.
Pero en la vida no se disfruta un baño

Aunando los despechos de la suerte
Sin que la parca anuncie el desengaño
Y destierre a una persona hacia la muerte.